agosto 09, 2026

TRAS LA VENTANA (Consejos para la formación del grupo de autoayuda)

 




TRAS LA VENTANA

Por Isabel Costa Olguín

A través de mi ventana veo desfilar los fantasmas del pasado.

A veces aparecen como imágenes lejanas; otras, como si acabaran de suceder. Allí están mi niñez, mi juventud, mi madurez, las personas que amé, las que me hicieron daño y también aquellas a las que quizás yo hice daño sin darme cuenta.

Hay momentos en que no me gusta lo que veo de mí. Sin embargo, he aprendido que mirar hacia atrás no significa quedarse viviendo en el pasado. Significa reconocer el camino recorrido, aceptar nuestros errores y valorar cuánto hemos cambiado.

Hoy, aunque ya no pueda moverme como antes, todavía puedo recordar. Mi mente permanece lúcida y por ello doy gracias a Dios. Esa lucidez me permite mirar mi historia con otros ojos y, poco a poco, transformar algunas penas en comprensión y algunos dolores en aprendizajes.

Jesús nos enseñó algo que considero esencial: amarnos unos a otros, aprender a perdonar y no olvidar a nuestro Creador. Quizás nuestra verdadera misión sea aprender a ser felices mientras recorremos este planeta llamado Tierra.

Cuando hablo de estas cosas delante de los míos, algunos se ríen y dicen:

—¡Ya está la abuela otra vez con sus cosas!

Y yo pienso: ¡Ser felices! Esa debería ser nuestra misión.

No somos perfectos. Todos tenemos heridas, equivocaciones, arrepentimientos y cosas que todavía necesitamos aprender. Pero la vida continúa ofreciéndonos oportunidades. A veces no sabemos cuáles son nuestros verdaderos propósitos y nos dejamos llevar por problemas pequeños que, con el paso del tiempo, descubrimos que no eran tan importantes.

Cuando miro hacia atrás, también veo a mi viejo.

Recuerdo cómo nos contaba interminables historias que, en realidad, eran historias de su propia vida. Nos sentábamos a su lado mientras una vela iluminaba su rostro y él nos hablaba de sus experiencias durante la terrible Guerra Civil Española.

Su casa se llenaba de jóvenes del barrio. Organizaba fiestas, concursos y obras de teatro. De alguna manera, había aprendido a convertir las circunstancias difíciles de la vida en encuentros con los demás.

Pasaron los años. Crecí y, con la rebeldía propia de la juventud, tomé caminos diferentes a los de mi padre. Me acerqué a ideas políticas contrarias a las suyas, quise conocer otras religiones y, durante mucho tiempo, fui la “oveja negra de la familia”.

Con los años tuve que abandonar mi país y el destino me llevó precisamente al suyo: España.

Allí viví durante un largo tiempo en una ciudad donde habían arrestado a mi abuelo. Aunque tenía ideas contrarias a la República, le tocó luchar en ese bando. También conocí el lugar donde le dieron una paliza tan terrible que nunca pudo volver a mover el cuello.

Recuerdos, recuerdos...

Con el paso del tiempo comprendí algo que antes no podía entender: no vale la pena destruir los vínculos por pensar diferente.

Las ideas pueden separarnos, pero también podemos aprender a respetarnos. Los extremos nos ciegan y, cuando estamos cegados por nuestras propias convicciones, dejamos de escuchar al otro.

Hoy miro desde mi ventana y observo la vida.

Observo a los que amo. Observo sus diferencias, sus dificultades, sus alegrías y sus equivocaciones. Y entonces ruego a Dios que nos dé la luz necesaria para comprendernos, perdonarnos y amarnos.

Porque quizás, después de tantos años vividos, una de las grandes enseñanzas sea esta:

No podemos cambiar lo que vivimos, pero sí podemos cambiar la manera en que lo recordamos y lo que hacemos con ese recuerdo.

Podemos quedarnos atrapados en nuestras heridas o convertirlas en sabiduría.

Podemos seguir discutiendo por nuestras diferencias o aprender a respetarlas.

Podemos guardar resentimientos o atrevernos a perdonar.

Y podemos mirar nuestra vida con tristeza o descubrir, detrás de cada recuerdo, algo que todavía tiene valor.

Desde mi ventana sigo mirando.

Y mientras pueda recordar, sentir, agradecer y amar, todavía tengo algo que aprender y algo que entregar.

La verdad, al fin, vencerá.

Gracias, Señor.


TEMA PARA EL GRUPO DE AUTOAYUDA

“¿Qué vemos cuando miramos por nuestra ventana?”

La ventana puede representar nuestra memoria y nuestra vida. Desde ella podemos mirar el pasado, pero también decidir cómo queremos vivir el presente.

Para conversar en grupo

  1. Si tu vida fuera una ventana, ¿qué recuerdo aparecería primero al mirar hacia atrás?
  2. ¿Hay algún recuerdo de tu juventud que hoy puedas mirar de una manera diferente?
  3. ¿Alguna vez una diferencia de ideas provocó un distanciamiento con alguien que querías?
  4. ¿Qué aprendiste de los conflictos o dificultades que viviste?
  5. ¿Hay algo de tu pasado que hoy puedas perdonar?
  6. ¿Hay algo que necesites perdonarte a ti mismo?
  7. ¿Qué cosas pequeñas de la vida hoy valoras mucho más que cuando eras joven?
  8. Después de todo lo vivido, ¿qué consejo le darías hoy a tu “yo” de 20 años?

Ejercicio teatral: “Mi ventana”

Cada participante imagina que está sentado frente a una ventana.

Durante un minuto permanece en silencio y piensa:

¿Qué veo a través de mi ventana?

Después puede representar con el cuerpo una imagen de su pasado: una persona, una casa, una despedida, una celebración, un momento difícil o un recuerdo feliz.


“Cuando miro hacia atrás, comprendo que...”

No es necesario contar toda la historia. Cada persona decide qué desea compartir.

Cierre

Podemos terminar formando un círculo y preguntando:

“Después de mirar hacia atrás, ¿qué quiero llevar conmigo hacia adelante?”

La idea no es vivir mirando el pasado, sino mirarlo con aceptación para poder vivir el presente con mayor libertad y esperanza.



Escáner Cultural, Revista Virtual.

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