Espacio dedicado a mi amiga Nina Bravo y su legado en el libro Valores Humanos
El perdón es como el amor, simplemente se da como un regalo, sin condiciones
Perdonar es, quizá, uno de los actos más difíciles del ser humano.
No porque no sepamos hacerlo, sino porque muchas veces no queremos soltar el dolor que nos han causado.
Creemos que perdonar es olvidar.
Y no es así.
Olvidar es borrar la memoria; perdonar es sanar la herida.
Perdonar tampoco significa justificar lo que ocurrió.
Ni decir que estuvo bien.
Ni dar la razón a quien nos hizo daño.
Perdonar es otra cosa:
es dejar de cargar con ese peso.
Porque el rencor pesa.
Y pesa mucho.
Se instala en los pensamientos, en el cuerpo, en los recuerdos.
Nos roba la tranquilidad.
Nos amarga lentamente, casi sin darnos cuenta.
A veces creemos que, al no perdonar, castigamos al otro.
Pero no es verdad.
La mayor parte del tiempo, el otro sigue con su vida…
y somos nosotros quienes quedamos atrapados en el pasado.
El resentimiento es como sostener una piedra en la mano esperando que le duela al otro.
Pero el único que se cansa… es uno mismo.
Perdonar es soltar esa piedra.
No es un acto para el otro.
Es un acto para uno mismo.
Es decidir que ya no queremos vivir atados a lo que nos hirió.
Es elegir la paz por sobre la razón.
La calma por sobre la venganza.
Perdonar no ocurre de un día para otro.
Es un proceso.
A veces lento.
A veces doloroso.
Implica mirar la herida, reconocerla, aceptarla…
y, poco a poco, dejar de alimentarla.
Porque cada vez que recordamos con rabia, la herida se abre de nuevo.
Pero cuando comenzamos a soltar, algo en nosotros empieza a aliviarse.
Perdonar no cambia el pasado.
Pero transforma el presente.
Nos devuelve la libertad.
Nos permite volver a confiar.
Nos abre la posibilidad de vivir más livianos.
El perdón no siempre repara la relación con el otro.
Pero siempre repara algo dentro de nosotros.
Y en ese espacio que se libera…
vuelve a crecer la vida.
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El problema del perdón a uno mismo suele ser más difícil que perdonar a otros, porque ahí no hay distancia:
la persona convive todos los días con aquello que siente que “falló”, “hizo mal” o “debió haber hecho distinto”.
Cuando alguien dice “no puedo avanzar porque no me perdono”, en el fondo suele haber:
Y ahí está el nudo más importante:
No logran separar lo que hicieron… de lo que son.
“Cometí errores… pero no soy mis errores.”
Porque muchas personas viven como si el pasado fuera una condena,
cuando en realidad debería ser una experiencia integrada, no una cárcel.
Te dejo un ejercicio que puede tocar esto sin forzar:
Material: una silla vacía
Mujeres:
(Consejos para la formación del grupo de autoayuda)
¿Enamorarse les ha traído sufrimiento emocional tarde o temprano?
(Cuando usted siempre desea y siempre espera que él cambie)
Mujeres: hay un grupo de autoayuda en formación para mujeres cuyas relaciones con los hombres han sido hasta ahora, destructivas. Si desea vencer este problema, escriba o llama al fono: ...................... (aquí pones el tuyo)
Lo ideal sería un grupo entre siete u ocho personas). Recuerde que en esa primera reunión las mujeres que se presenten allí, estarán porque para ellas esto es un problema serio y buscan ayuda. No pase demasiado tiempo de reunión, hablando de organización de futuras reuniones, si bien eso es importante. La mejor manera de comenzar es compartiendo sus historias, porque el hecho de hacerlo forjará un vínculo inmediato y una sensación de pertenecer a ese grupo. Las mujeres que aman demasiado son mucho más parecidas que diferentes, y eso lo sentirán todas ustedes. Por eso, compartir sus historias debe ser su primera prioridad.
Pruebe este programa para la primera reunión, que no debe durar más de una hora.
1. Empiece puntualmente. Eso indicará a todas que en las reuniones futuras deben ser puntuales.
2. Preséntese como la persona que publicó el aviso y explique que quisiera que el grupo llegara a ser una fuente continua de apoyo para usted y para todas las presentes.
3. Enfatice que todo lo que se diga durante la reunión no deberá salir de allí, que nunca, jamás, se debe hablar fuera de las reuniones de las asistentes ni de lo que se dice allí. Sugiera que las presentes utilicen sólo sus nombres de pila para presentarse.
4. Explique que quizá sería útil para todas oír las razones de cada una para asistir al grupo y que cada persona podría hablar hasta cinco minutos sobre lo que la decidió a ir. Enfatice que nadie tiene la obligación de hablar todo ese tiempo, pero que si lo desea dispone de él. Ofrézcase como voluntaria para empezar dando su nombre de pila y contando brevemente su historia.
5. Cuando todas las que lo deseen hayan compartido sus historias, vuelva a alguna que no haya querido hablar en su turno y pregúntele, sin forzarla, si quisiera hacerlo ahora. No presiones a nadie para hablar. Deje bien en claro que todas son bienvenidas, estén listas o no para hablar de su situación.
6. Ahora hable de algunas de las pautas que usted querría que siguiera el grupo. Recomiendo las siguientes, que deberán copiarse y ser entregadas a cada participante:
* No dar consejos. Todas podrán, si así lo desean, compartir sus experiencias y lo que las ha ayudado a sentirse mejor, pero nadie deberá aconsejar a otra sobre lo que debe hacer. Si alguien da un consejo, se deberá señalarlo con suavidad.
* La presidencia dentro del grupo debe ser rotativa y semanal; cada reunión debe ser presidida por un miembro distinto. La responsabilidad del que dirige es empezar la reunión puntualmente, elegir un tema de discusión, reservar unos minutos al final para cualquier cuestión organizativa y elegir otro que presida para la siguiente semana antes de cerrar la reunión.
* Las reuniones deben tener una duración específica. Yo recomiendo una hora. Nadie solucionará sus problemas en una sola reunión y es importante no intentarlo. Las reuniones deben empezar y terminar con puntualidad. (Es mejor que sean demasiado cortas y no demasiado largas. Los miembros pueden decidir, más adelante, prolongar las reuniones si lo desean).
* De ser posible, el lugar de reunión deberá ser un sitio neutral y no la casa de alguien. Las casas presentan muchas distracciones: hijos, llamadas telefónicas y falta de privacidad para los miembros del grupo, especialmente para la anfitriona. Más aún, se debe evitar el rol de anfitriona. No será una reunión social entre amigas; estarán trabajando juntas como pares para recuperarse de sus problemas comunes. Existen Iglesias, Juntas de Vecinos, etc., que proporcionan salas sin cargo para reuniones grupales.
* No deberán comer, fumar ni ingerir ningún tipo de bebidas en el transcurso de la reunión: eso apartará la atención del tema que se esté tratando. Se puede hacer antes o después de la reunión, si el grupo decide que es importante. Nunca debe haber alcohol, distorsiona los sentimientos y las reacciones de las personas y constituye un estorbo para el trabajo.
* Eviten hablar sobre "él". Esto es muy importante. Las mujeres del grupo deben aprender a concentrarse en sí mismas y en sus propios pensamientos, sentimientos y conductas, y no en el hombre que es su obsesión. Al principio es inevitable que se hable un poco de ellos, pero cada una, al compartir sus experiencias, deberá esforzarse por reducirlo al mínimo posible.
* No se debe criticar a nadie por lo que hace o no hace, ya sea cuando está presente o ausente en el grupo. Si bien los miembros pueden pedir conocer las impresiones de los demás, éstas nunca se deben proporcionar sin que las hayan solicitado. Al igual que para los consejos, en un grupo de apoyo no hay sitio para las críticas.
* Aténgase al tema que se está tratando. Casi cualquier tema que un líder desee tratar estará bien, excepto lo que tenga que ver con la Religión, la Política o temas extensos como Acontecimientos de actualidad, Celebridades, Programas de Tratamiento o Modalidades Terapéuticas. En un grupo de apoyo no hay sitio para el debate ni las ironías. Y recuerden que no están reunidas para quejarse de los hombres. Les interesa su propio crecimiento y curación, al compartir la forma en que están desarrollando nuevas herramientas para enfrentar viejos problemas. A continuación hay algunos temas sugeridos:
* Por qué necesito este grupo.
* Sentimientos de culpa y resentimiento.
* Mis peores miedos.
* Lo que más me gusta y lo que menos me gusta de mí.
* Cómo me ocupo de mí misma y cómo satisfago mis necesidades.
* La soledad.
* Qué hago respecto a la depresión.
* Mis actitudes sexuales: cuáles son y de donde provienen.
* La ira: cómo manejo la mía y la de los demás.
* Cómo me relaciono con los hombres.
* Qué creo que piensa la gente de mí.
* Examino mis motivos, mis responsabilidades conmigo misma; mis responsabilidades con los demás.
* Mi espiritualidad (esto no es una discusión sobre creencias religiosas sino la forma en que cada integrante del grupo experimenta o no su propia dimensión espiritual).
* Dejar de culpar, incluso a mí misma.
* Patrones de mi vida.
* Otras sugerencias que puedan aportar....
El grupo puede decidir agregar unos quince minutos, al tiempo de reunión una vez por mes para tratar asuntos organizativos o cambios de formato, la eficacia de las pautas o cualquier otro problema.
7. Discutan la lista de pautas en grupo.
8. Pregunte si alguien estaría dispuesta a presidir el grupo la semana siguiente.
9. Confirme el lugar de reunión del grupo para la semana siguiente y lleguen a un acuerdo en el tema de los refrigerios antes o después de las reuniones.
10. Discutan la posibilidad de invitar a más mujeres, de publicar el aviso un tiempo más o que las presentes inviten a otras mujeres.
11. Cierren la reunión ubicándose todas de pie formando un círculo, tomadas de las manos y con los ojos cerrados por unos instantes.
Una última palabra acerca de estas pautas. Los principios de confidencialidad, rotación de liderazgo, ausencia de críticas, no dar consejos, no discutir temas polémicos o externos, no debatir, etc., son muy importantes para la armonía y la cohesión del grupo. No violen esos principios con el fin de complacer a una integrante del grupo. Siempre hay que considerar primero lo que es mejor para el grupo en general.
Con todo esto en mente, usted tiene las herramientas básicas para iniciar un grupo de mujeres que amen demasiado. No subestime el gran valor curativo que estas sencillas reuniones de una hora para compartir experiencias personales llegarán a tener en la vida de todas ustedes. Juntas estarán ofreciéndose la oportunidad de recuperarse.
ENRIQUE URQUIJO
Música, memoria y emociones
Una historia personal y una propuesta para trabajar las emociones en grupo.
1. Una pequeña biografía de Enrique Urquijo
Enrique Urquijo Prieto (Madrid, 1960–1999) fue cantante, compositor, guitarrista y bajista, y una de las figuras más sensibles y reconocibles del pop español surgido alrededor de la Movida madrileña.
Junto a sus hermanos Javier y Álvaro formó inicialmente Tos y sposteriormente Los Secretos. Fue autor e intérprete de muchas de las canciones más recordadas del grupo, entre ellas “Déjame”, “Ojos de gata” y “Quiero beber hasta perder el control”.
En paralelo a Los Secretos desarrolló un proyecto más íntimo, Enrique Urquijo y Los Problemas, donde interpretaba canciones propias y versiones, con una especial cercanía hacia la guitarra, las rancheras y otros estilos que le permitían expresarse de una manera más personal.
Su obra se caracteriza por una mirada muy humana sobre la tristeza, el amor, la soledad, la espera, la pérdida y los sentimientos difíciles de expresar.
Falleció en Madrid el 17 de noviembre de 1999, a los 39 años. Su música continuó viva y su legado permanece hasta hoy.
Más que presentar a Enrique solamente como un músico marcado por la tristeza, resulta interesante recordarlo por su extraordinaria sensibilidad y por su capacidad de transformar emociones complejas en canciones que todavía permiten a otras personas reconocerse en ellas
2. Mi encuentro con Enrique
Cuando conocí a Enrique Urquijo yo estaba ingresada en la Clínica Machachuset, en Madrid, debido a un estado depresivo.
Al principio permanecía en mi habitación, pero cuando pude salir y compartir con las demás personas, descubrí a un grupo de adultos mayores con quienes empecé a conversar y a acompañar.
Ese encuentro me ayudó a superar mi propio estado, porque fui descubriendo que ellos cargaban con sufrimientos muy profundos. No dejaban de contar las mismas historias de sus traumas y de sus experiencias vividas durante la Guerra Civil española.
Un día caminaba por uno de los largos pasillos junto a uno de aquellos abuelos. De pronto observé que, en sentido contrario, venía Enrique Urquijo acompañado por otro abuelo.
Más tarde, cuando pudimos conversar, me enteré de que aquel hombre también le contaba a Enrique, una y otra vez, los mismos traumas.
A partir de ese momento nos hicimos amigos.
Pasó un tiempo. Yo salí de la clínica antes que Enrique y nos despedimos con la promesa de encontrarnos cuando él se hubiera recuperado.
3. Una velada de guitarra y canciones
Un día, su hermano lo llevó a mi casa.
Yo vivía muy cerca del Valle de los Caídos, en un condominio llamado El Guijo, junto a mis tres hijas.
Mi exmarido me había abandonado y yo estaba sola con ellas.
Mientras yo trabajaba, mis dos hijas mayores cuidaban de su hermanita pequeña, que tenía solo tres años. Ellas tenían quince y dieciocho años.
Cuando llegó Enrique, pasamos una velada maravillosa de guitarra y canciones, porque a mis hijas también les gustaba cantar.
Yo les observaba embelesada.
Con el tiempo descubrí que a mis hijas les había atraído aquel joven.
Y yo, a pesar de que ya comenzaba a sentir algo por él, di marcha atrás a mis propios sentimientos.
Hubo más visitas. Mis hijas acudieron también a algunas de sus presentaciones.
Hasta que un día Enrique intentó decirme algo, insinuarse, pero yo no escuché.
Él se marchó en silencio.
Cuando llegó el momento de regresar a mi país, lo llamé para despedirme.
Entonces me dijo unas pocas palabras que en aquel momento no comprendí en toda su dimensión:
“Yo sigo igual, aquí en mi sillón esperando.”
Hoy, al recordarlas, pienso en todo lo que no escuché entonces.
Hay palabras que solo comprendemos muchos años después.
Y algunas llegan demasiado tarde para poder responderlas.
4. “Colgado”: una canción que quedó en mi memoria
Enrique también me habló una vez de “Colgado”.
Me dijo que la había pensado mirando un cuadro de mi casa.
En aquella época yo estaba recién separada y esperaba poder regresar a Chile en dónde tenía a mis familiares...
Hoy, al recordar ese momento, la imagen del cuadro me resulta especialmente significativa.
Yo también estaba, de alguna manera, suspendida: entre una vida que terminaba y otra que todavía no comenzaba.
“Nada que hacer.
Nada que hacer" decía parte de su canción y en esos momentos no había nada más que hacer que quedar como un cuadro colgado.
También recuerdo que Enrique me dedicó “Adiós tristeza” cuando le llamé para despedirme.
Hoy, al volver a esas canciones, siento que la música ha conservado algo de aquella época de mi vida.
Son recuerdos que permanecieron suspendidos durante años y que pueden volver de pronto cuando una canción, una noticia o una imagen abre la puerta de la memoria.
5. Lo que esta historia puede aportar a mi trabajo con las emociones
La historia de mi encuentro con Enrique puede servir como punto de partida para trabajar con el grupo la relación entre música, memoria y emociones.
No se trata de interpretar una canción de una única manera, sino de permitir que cada persona encuentre en ella su propio recuerdo o sentimiento.
La nostalgia
¿Qué canción nos lleva inmediatamente a una época de nuestra vida?
La espera
¿Qué significa estar esperando algo o a alguien?
¿Hemos vivido alguna vez un período en que sentimos que estábamos suspendidos?
Lo que no dijimos
¿Hay palabras que alguna vez quisimos decir y no encontramos el momento?
La tristeza
¿Qué hacemos con la tristeza cuando aparece?
¿Puede transformarse en algo creativo?
El acompañamiento
¿Cómo puede ayudar a otra persona simplemente escucharla y acompañarla?
La memoria
¿Qué recuerdos despiertan las canciones?
¿Por qué algunas canciones permanecen intactas durante tantos años?
Los vínculos
¿Qué personas han dejado una huella en nuestra vida, incluso si estuvieron poco tiempo?
6. Propuesta sencilla para una sesión de teatro terapia
1. Escuchar una canción de Enrique Urquijo elegida previamente.
2. Pedir a cada participante que nombre una sola emoción que la canción le haya despertado.
3. Invitar a recordar una canción asociada a un momento importante de su propia vida.
4. Escribir durante unos minutos una frase que nunca dijeron, o una frase que les hubiera gustado escuchar.
5. Convertir esa frase en una pequeña escena, monólogo o diálogo.
6. Cerrar el encuentro preguntando:
“¿Qué emoción me llevo hoy?”
Personalmente digo que:
"Las canciones también guardan memoria" y que
"A veces una canción queda suspendida durante años y vuelve cuando estamos preparados para escucharla de otra manera"
Adiós amigo, perdón si no comprendimos tu sensibilidad y tú dolor interno, aunque en un momento lo percibí y sentí estábamos unidos observando el mismo cuadro pegado en mi pared y sintiendo esa frase de tu canción "nada que hacer'
Hoy desde donde estas te veo sonriendo y apoyando a los tuyos desde ese otro plano en dónde todos algún día nos encontraremos y diremos: !Bienvenida alegría y adiós tristeza!!
Por Isabel Costa Olguín
A través de mi ventana veo desfilar los fantasmas del pasado.
A veces aparecen como imágenes lejanas; otras, como si acabaran de suceder. Allí están mi niñez, mi juventud, mi madurez, las personas que amé, las que me hicieron daño y también aquellas a las que quizás yo hice daño sin darme cuenta.
Hay momentos en que no me gusta lo que veo de mí. Sin embargo, he aprendido que mirar hacia atrás no significa quedarse viviendo en el pasado. Significa reconocer el camino recorrido, aceptar nuestros errores y valorar cuánto hemos cambiado.
Hoy, aunque ya no pueda moverme como antes, todavía puedo recordar. Mi mente permanece lúcida y por ello doy gracias a Dios. Esa lucidez me permite mirar mi historia con otros ojos y, poco a poco, transformar algunas penas en comprensión y algunos dolores en aprendizajes.
Jesús nos enseñó algo que considero esencial: amarnos unos a otros, aprender a perdonar y no olvidar a nuestro Creador. Quizás nuestra verdadera misión sea aprender a ser felices mientras recorremos este planeta llamado Tierra.
Cuando hablo de estas cosas delante de los míos, algunos se ríen y dicen:
—¡Ya está la abuela otra vez con sus cosas!
Y yo pienso: ¡Ser felices! Esa debería ser nuestra misión.
No somos perfectos. Todos tenemos heridas, equivocaciones, arrepentimientos y cosas que todavía necesitamos aprender. Pero la vida continúa ofreciéndonos oportunidades. A veces no sabemos cuáles son nuestros verdaderos propósitos y nos dejamos llevar por problemas pequeños que, con el paso del tiempo, descubrimos que no eran tan importantes.
Cuando miro hacia atrás, también veo a mi viejo.
Recuerdo cómo nos contaba interminables historias que, en realidad, eran historias de su propia vida. Nos sentábamos a su lado mientras una vela iluminaba su rostro y él nos hablaba de sus experiencias durante la terrible Guerra Civil Española.
Su casa se llenaba de jóvenes del barrio. Organizaba fiestas, concursos y obras de teatro. De alguna manera, había aprendido a convertir las circunstancias difíciles de la vida en encuentros con los demás.
Pasaron los años. Crecí y, con la rebeldía propia de la juventud, tomé caminos diferentes a los de mi padre. Me acerqué a ideas políticas contrarias a las suyas, quise conocer otras religiones y, durante mucho tiempo, fui la “oveja negra de la familia”.
Con los años tuve que abandonar mi país y el destino me llevó precisamente al suyo: España.
Allí viví durante un largo tiempo en una ciudad donde habían arrestado a mi abuelo. Aunque tenía ideas contrarias a la República, le tocó luchar en ese bando. También conocí el lugar donde le dieron una paliza tan terrible que nunca pudo volver a mover el cuello.
Recuerdos, recuerdos...
Con el paso del tiempo comprendí algo que antes no podía entender: no vale la pena destruir los vínculos por pensar diferente.
Las ideas pueden separarnos, pero también podemos aprender a respetarnos. Los extremos nos ciegan y, cuando estamos cegados por nuestras propias convicciones, dejamos de escuchar al otro.
Hoy miro desde mi ventana y observo la vida.
Observo a los que amo. Observo sus diferencias, sus dificultades, sus alegrías y sus equivocaciones. Y entonces ruego a Dios que nos dé la luz necesaria para comprendernos, perdonarnos y amarnos.
Porque quizás, después de tantos años vividos, una de las grandes enseñanzas sea esta:
No podemos cambiar lo que vivimos, pero sí podemos cambiar la manera en que lo recordamos y lo que hacemos con ese recuerdo.
Podemos quedarnos atrapados en nuestras heridas o convertirlas en sabiduría.
Podemos seguir discutiendo por nuestras diferencias o aprender a respetarlas.
Podemos guardar resentimientos o atrevernos a perdonar.
Y podemos mirar nuestra vida con tristeza o descubrir, detrás de cada recuerdo, algo que todavía tiene valor.
Desde mi ventana sigo mirando.
Y mientras pueda recordar, sentir, agradecer y amar, todavía tengo algo que aprender y algo que entregar.
La verdad, al fin, vencerá.
Gracias, Señor.
La ventana puede representar nuestra memoria y nuestra vida. Desde ella podemos mirar el pasado, pero también decidir cómo queremos vivir el presente.
Cada participante imagina que está sentado frente a una ventana.
Durante un minuto permanece en silencio y piensa:
¿Qué veo a través de mi ventana?
Después puede representar con el cuerpo una imagen de su pasado: una persona, una casa, una despedida, una celebración, un momento difícil o un recuerdo feliz.
“Cuando miro hacia atrás, comprendo que...”
No es necesario contar toda la historia. Cada persona decide qué desea compartir.
Podemos terminar formando un círculo y preguntando:
“Después de mirar hacia atrás, ¿qué quiero llevar conmigo hacia adelante?”
La idea no es vivir mirando el pasado, sino mirarlo con aceptación para poder vivir el presente con mayor libertad y esperanza.
Nuestros valores nacen también de lo vivido
Conocí la historia de una mujer que, siendo niña, se sintió muchas veces sola. Su padre estaba casi siempre ausente y su madre trabajaba largas horas para sacar adelante a la familia. Creció pensando que no era importante para los demás y guardó esa tristeza en silencio durante muchos años.
Al llegar a la adultez, se dio cuenta de que aquella herida seguía acompañándola. Le costaba pedir ayuda y, a veces, sentía miedo de ser rechazada. Sin embargo, un día comenzó a hablar de su historia, a escribir sus recuerdos y a compartirlos con otras personas.
Poco a poco comprendió que aquella niña no había sido abandonada por falta de amor. Sus padres también habían vivido sus propias dificultades y quizás no habían sabido expresar el cariño de la manera que ella necesitaba.
La herida no desapareció por completo, pero dejó de ser un peso tan grande. Al reconocer su dolor y darle un espacio para expresarse, descubrió algo importante: podía transformar su experiencia en comprensión, empatía y solidaridad hacia los demás.
Aprendió que escuchar a otra persona sin juzgarla es una forma de amor; que comprender las dificultades de los demás es un acto de empatía; que respetar las historias ajenas nos hace más humanos; y que acompañar a quien está pasando por un momento difícil es una manera de practicar la solidaridad.
Esta historia nos recuerda que nuestras experiencias forman parte de quienes somos. Algunas dejan heridas, pero también pueden enseñarnos valores.
Quizás una de las grandes riquezas de la vida sea descubrir que aquello que un día nos hizo sufrir puede convertirse, con el tiempo, en una oportunidad para comprender mejor a los demás, valorar el cariño, ser más solidarios y mirar nuestra propia historia con ternura.
Para reflexionar
¿Qué experiencia de nuestra vida nos ha enseñado algo importante?
¿Qué valor humano hemos aprendido a través de nuestras propias dificultades?
¿Hemos sido capaces alguna vez de comprender a otra persona porque vivimos algo parecido?
¿Qué pequeño gesto de cariño, respeto o solidaridad podemos ofrecer hoy a alguien?
A veces, nuestras cicatrices no solo cuentan lo que hemos sufrido; también cuentan todo lo que hemos aprendido.
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Consejos para nuestro grupo
Todos llevamos una mochila llena de recuerdos. Algunos son alegres y nos dan fuerza; otros, en cambio, nos dejaron heridas que todavía duelen. Las experiencias difíciles de la infancia, las pérdidas, los desencuentros y las palabras que nos lastimaron pueden permanecer en nuestro corazón durante muchos años.
Sanar las heridas del pasado no significa olvidar lo vivido ni borrar los recuerdos. Significa aprender a mirarlos con otros ojos, comprender que esas experiencias forman parte de nuestra historia, pero no tienen por qué definir nuestro presente.
Algunas ideas que pueden ayudarnos en este camino:
Permítete sentir. La tristeza, la rabia o la pena son emociones humanas. Negarlas no las hace desaparecer.
Habla de lo que te duele. Compartir una experiencia con personas de confianza alivia el peso que llevamos dentro.
Sé amable contigo mismo. Muchas veces nos juzgamos por cosas que ocurrieron hace años. Merecemos tratarnos con la misma comprensión que ofrecemos a los demás.
Reconoce tu fortaleza. Si has llegado hasta aquí, es porque has tenido la capacidad de seguir adelante a pesar de las dificultades.
Aprende a perdonar, si es posible. El perdón no siempre significa justificar lo que ocurrió; a veces significa liberarnos del resentimiento para vivir con más paz.
Valora el presente. Cada día nos ofrece una nueva oportunidad para crear momentos de alegría, amistad y esperanza.
Busca apoyo. Nadie tiene que sanar en soledad. El cariño de un grupo, de la familia o de un amigo puede ser un gran consuelo.
En nuestro grupo de teatro terapia, cada historia es importante y cada persona merece ser escuchada. A través de las palabras, la escritura, la representación y la risa compartida, podemos transformar el dolor en aprendizaje y descubrir que, aun con cicatrices, seguimos siendo capaces de amar, crear y disfrutar de la vida.
Recordemos siempre: las heridas del pasado pueden dejar marcas, pero también pueden convertirse en fuentes de sabiduría, empatía y fortaleza. Nunca es tarde para sanar y abrir el corazón a nuevas experiencias.
Isabel Costa
Taller vida plena
TEATRO-TERAPIA Y VALORES HUMANOS
Un puente entre generaciones
Este espacio nace del encuentro entre el teatro, la memoria y los valores humanos.
Personas adultas mayores trabajan sus experiencias de vida, emociones y aprendizajes, transformándolos en escenas teatrales sencillas que luego comparten con niños y jóvenes.
El objetivo no es actuar para ser aplaudidos, sino transmitir valores vividos, desde la palabra, el cuerpo y la emoción, creando un verdadero diálogo entre generaciones.
El teatro-terapia se convierte aquí en un puente:
un lugar donde la experiencia se vuelve enseñanza,
donde la escena se transforma en gesto educativo,
y donde los valores dejan de ser conceptos para volverse acciones vivas.
Este proyecto se inspira en el legado de Nina Bravo, cuya mirada ética y profundamente humana continúa iluminando caminos.
Creando escenas para sembrar valores.
Gracias Nina
Siempre Presente!!
El libro Valores Humanos es una obra de carácter ético-formativo, orientada a reflexionar sobre los valores fundamentales que sostienen la convivencia humana y el desarrollo integral de la persona. Nina Bravo propone una mirada sencilla, profunda y accesible sobre aquellos principios que guían nuestras decisiones, relaciones y formas de estar en el mundo.
La autora parte de la idea de que los valores no son conceptos abstractos, sino prácticas cotidianas que se construyen a través de la educación, la experiencia y el ejemplo. A lo largo del libro se abordan valores esenciales como:
Respeto: hacia uno mismo, hacia los demás y hacia la vida.
Responsabilidad: entendida como compromiso con los propios actos.
Solidaridad y empatía: como base de la convivencia y del sentido comunitario.
Honestidad: como coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace.
Justicia: vinculada al reconocimiento del otro y al bien común.
Amor y dignidad humana: ejes centrales de toda relación auténtica.
Nina Bravo subraya que los valores se aprenden viviendo, no imponiéndolos, y destaca el rol de la familia, la escuela y la sociedad en su transmisión. El libro invita a una autoobservación crítica, alentando al lector a revisar sus propias conductas, creencias y actitudes, especialmente en contextos de conflicto o crisis.
El tono es reflexivo y pedagógico, con un enfoque humanista que busca fortalecer la conciencia ética, promover relaciones más humanas y contribuir a una sociedad más justa y solidaria
Explica qué es un valor humano:
Una cualidad que guía la conducta y la convivencia.
Un valor moral se manifiesta en acciones concretas, no solo en ideas.
Los valores se aprenden con práctica y reflexión, no con imposición.
Antes de abordar cada valor, se plantea que la libertad es necesaria para elegir actuar éticamente. Sin libertad, los valores no pueden encarnarse.
Considerado uno de los valores centrales.
Implica reconocer la dignidad y derechos del otro y actuar consecuentemente.
Es fundamental en toda relación humana.
Coherencia entre lo que se piensa, dice y hace.
Base de confianza en las relaciones humanas.
Implica respeto a la verdad.
Asumir las consecuencias de los actos.
Cumplir compromisos con seriedad.
Contribuye a la madurez ética.
Fidelidad en las relaciones personales y sociales.
Mantener compromisos, defender causas y vínculos importantes.
Ayuda a sostener la amistad y la confianza.
Ir más allá de uno mismo para apoyar a quienes lo necesitan.
Reconocer el sufrimiento ajeno como propio.
Construye comunidades más humanas.
Pensar antes de actuar.
Equilibrar impulso con reflexión.
Evita acciones dañinas.
Valor central en las relaciones afectivas.
Se trata no solo de gustos compartidos sino de compromiso con el bienestar del otro.
Reconocer nuestras capacidades y limitaciones sin pretensiones.
Respetar a los demás sin arrogancia.
Busca la equidad y el reconocimiento de los derechos de todas las personas.
Promueve relaciones sociales equilibradas.
Más que ausencia de conflicto, implica diálogo y resolución sin agresión.
La paz real se construye con justicia y respeto.
Liberarse del resentimiento.
Sanar relaciones rotas y permitir avanzar en armonía.
Este capítulo complementario del blog aborda lo que ocurre cuando los valores no se practican o se exageran:
Un valor extremo puede convertirse en su opuesto (por ejemplo: puntualidad excesiva puede generar rigidez).
Se propone el equilibrio como forma de virtud
Se insiste en que los valores deben encarnarse en acciones concretas, no quedarse en formulaciones idealistas.
Para que un valor tenga efecto en la vida de una persona se requiere:
Pensar con claridad,
Sentir con empatía,
Actuar con coherencia.
Los valores requieren elección libre, no imposición. La práctica constante es lo que los transforma en hábitos